Séptima entrega: Bien pagá
Lejano lector,
desconozco en qué situación laboral te encuentras. Es probable que, si estás en activo, o incluso cobrando una pensión o prestación, hayas oído con indiferencia hablar de las paguitas. Algunos pronuncian la palabreja con más asco que si dijeran “ladrón” o “parásito”.
Intenta no pensar así, productivo o improductivo lector; intenta, por favor, imaginar las caras de los que compran dinero gratis al Banco Central Europeo y después con ese dinero compran deuda soberana con comportamientos usureros, un negocio seguro y respaldado por las leyes que ellos mismos han establecido. Nunca has visto sus caras y te va a costar imaginarlas, pero sí puedes ponerle destino al dinero de sus ganancias: no es la zapatería o el puesto de gorras del mercadillo, no es la frutería o el chino que está abierto todos los días; tampoco el bar de la esquina o el IBI de tu corporación municipal. Ese dinero se va para nunca volver, vuela a sitios que no has oído nombrar, incrementa el obsceno patrimonio de gente inmunda y voraz.
Yo llevo dos (2) días cobrando el paro que me corresponde como puto parao. Pienso escupirle a la cara a todo el que llame paguita al dinero que necesito para comer y subsistir, al dinero al que tengo derecho después de trabajar ochocientos (800) años para una empresa que recoge y distribuye mierdas de perro. Ese dinero les molesta a los explotadores, que quieren siervos dispuestos a trabajar por un vaso de agua del grifo y un cacho de pan duro en el que han restregado una loncha de chorizo. Mi orgullo de trabajador no está herido por vivir el tiempo que me corresponda de ese dinero, sino por estar capacitado para realizar muchas labores útiles y no encontrar dónde hacerlo.
Esta sociedad es básica y radicalmente injusta, como espero que sepas. Gracias a los impuestos que los trabajadores pagamos, directa o indirectamente, el capital que gobierna ha dispuesto un modo de redistribuir las migajas de su riqueza de forma que en las opulentas sociedades del primer mundo no haya un descontento que se pueda salir de madre. No lo hacen por amor al prójimo, lo hacen por mantener sus privilegios.
Pues bien, lector, hay quienes consideran esa mínima justicia social un obstáculo para sus negocios y han convencido a muchos de nuestra clase de que las paguitas se las llevan los vagos, entre los que incluyen, increíblemente, a los inmigrantes que vienen a quitarse el hambre a golpes de riñón. Son los mismos que evaden impuestos del sistema que ellos mismos han construido, los que reciben subvenciones por mantener improductivos sus latifundios, los que se benefician de recalificaciones de terreno, los que especulan sin piedad con nuestras vidas.